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jueves, 5 de abril de 2012

Semana Santa


Autora   :  Doris Sánchez

La vida me colocó en un hogar ubicado  al lado  izquierdo de una iglesia católica y  en la parte de atrás  vivían los sacerdotes que controlaban  si íbamos a misa o de lo contrario la visita no se hacía esperar en mi casa a pedir explicaciones a mi madre, pobre mujer que entre tantas obligaciones como toda madre divorciada  con siete hijos, hacía sobrados esfuerzos para que no faltáramos a esa cita tan importante especialmente los domingos.  Ella casi nunca iba y se justificaba diciendo que con nuestra asistencia Dios guardaría a toda la familia, a ella incluida.
En principio fui catequista, me bauticé e hice la primera comunión y también la confirmación, aprendí  a temer a Dios y a evitar hacer las cosas  indebidas porque sabía que el castigo vendría más tarde o más temprano.  Fui profesora de catecismo  cuando era apenas una adolescente, recuerdo todos los cánticos y mi buena relación con monjas, sacerdotes y altagracianas (religiosas pero sin vestir los hábitos), creía en Dios y era una niña llena de principios morales y espirituales, rezaba todas las noches antes de dormir y al despertar antes de levantarme de la cama y poner los pies en el suelo. 

Ya adulta y con mis dos hijos quise mirar un poco a mi entorno, visitar iglesias de distintas religiones hasta que llegué a la iglesia evangélica en la que aprecié un tipo de culto  distinto, sin la liturgia tan repetida de la iglesia católica, me gustó el trato directo y hasta afectivo de los pastores de la iglesia  Francia y Félix, que  no solo nos impartieron la palabra de Dios, ellos se interesaron por mi vida y la de mis hijos dándome todo tipo de apoyo cuantas veces lo necesité, más tarde vine a  España y enseguida busqué una iglesia también evangélica para seguirme congregando, puedo decir que la encontré al menos aseguro que me reencontré con ese Dios que pensé había dejado del otro lado del charco y puedo asegurar que ni un momento de mi vida he renunciado a esa cobertura espiritual, a ese fuego encendido en el fondo de mi corazón pese a todo lo que me ha pasado especialmente estos últimos cuatro años que han sido los más desagradables de mi vida pero como todo nos deja una enseñanza, lo acepto como el calvario personal que todos debemos vivir tal vez para valorar cosas que en su momento pasan desapercibidas  y ni nos enteramos, ese llamado de atención o de contención.



Confío en que mi vida y mi destino está escrito, creo en que de todo se sale, que nunca debemos tirar la toalla porque esos gestos son de cobardes y un creyente se aferra a su fe y sigue adelante hasta llegar al final.
El hombre nos puede fallar pero Dios jamás lo haría, yo puedo dar sobradas razones de ello porque lo he vivido en carne propia.  La gente es libre de tener o no tener fe, de creen el Dios que mejor le parezca, ser ateo y hasta tener sus preferencias  sexuales, el respeto al derecho ajeno está por encima de todo, a veces no es bueno tratar ciertos temas porque te puede crear desacuerdos con terceras personas y  hasta el rompimiento de alguna relación personal.
La semana Santa que conocí en mi infancia y juventud era muy distinta, silencio absoluto, visitas a las iglesias, nada de playas ni música, se penalizaba a los bares, colmados y discotecas que pusiesen música  especialmente el  Jueves Santo, incluso no abrían  sus puertas al público.  El sufrimiento de Cristo en la cruz se revivía y nos invadía una enorme tristeza, saber que todo el padecimiento  lo hizo por salvarnos de los pecados, igual ninguno de nosotros lo haría.  La actualidad ha convertido esos días en vacaciones y disfrute, playas, alcohol, pero no todos conocen o recuerdan el porqué de esos  días festivos.

Si la gente no cree en la existencia de Dios me gustaría saber a quién clama en momentos de necesidad, cuando hay un problema de salud, económico, sentimental o de lo que sea, a quien clamas tu en momentos cruciales de tu vida, esos que te quitan el sueño y deja en tu cara enormes ojeras que al otro día no puedes ocultar.  Mi norte es él, mi vida es él y si  le permito estar en mi vida jamás estaré sola y tendré sobradas fuerzas para que cada día de mi vida tenga una  motivación.   En Dios deposito mis cargas cada día  él se encarga de todo mientras que yo intento andar descalza  en punta de pie como las bailarinas de ballet para tocar con los dedos de  mis  manos y pies,  esas nubes que pasan muy bajo y dejan su frescor  en todo mi ser.  Intento proteger mi corazón para que nadie ya nunca jamás lo dañe, que no muera  en mi corazón las ganas de vivir y de valorar todo lo hermoso que Dios me ha dado, una madre que vale  el universo, dos hijos maravillosos y una  familia que sin ser perfecta es mi familia.

Os deseo una Semana Santa tranquila y sin excesos en comidas, bebidas, velocidad y gastos  en demasía de dinero, recordad por favor que estamos en crisis, que mucha gente espera vuestro regreso y si fuera posible por favor, dedicad al menos unos minutos a la comunión con Dios.   Estaré  con la familia, un abrazo grande para todos.

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